Lentamente languidecen con mi corazón las labores que con tanto cariño comencé. Se van llenando de polvo al ritmo que mi corazón se llena de dolor, rabia y frustración. Ni mis manos, ni mi pensamiento pueden retomar el cruce, la vuelta, la cruz.

María Betanzos | 27 nov 2019

Lentamente languidecen con mi corazón las labores que con tanto cariño comencé. Se van llenando de polvo al ritmo que mi corazón se llena de dolor, rabia y frustración. Ni mis manos, ni mi pensamiento pueden retomar el cruce, la vuelta, la cruz. Se me van apagando los conocimientos adquiridos, como se apaga lenta la vela en la madrugada. A mi alrededor se va amontonando el caos, y no lo consigo controlar. En mi mente giran como en un carrusel tus imágenes una y otra vez. A veces es la placidez de nuestras risas juntas, otras el horror y el espanto entran y me muestran tu imagen ensangrentada, me muestran tu cuerpo envuelto en un plástico funerario. Intento rechazarlas, pero son persistentes, recurrentes, y vuelven solas una y otra vez. Te oigo, y tu voz suena tan lejana que no la puedo retener. Recuerdo nuestras confidencias, nuestros secretos inconfesables, aquellas eternas horas de interminables conversaciones, y te añoro cada día más. Algún día, volveré a escuchar el dulce sonido del golpear de los bolillos, mientras te siento a mi lado volviéndome a decir que no sabes como somos capaces de hacer algo así, y yo, como siempre te diré, que porque no te has puesto, que cuando te pongas tu también lo harás. Te amo mi vida.

27.10.2016

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