José Matías Peñas

Te cuento una triste historia.

En Cartagena y su Sierra Minera, el viento no solo mueve las nubes: levanta, casi de forma constante, un polvo compuesto por residuos peligrosos mineros e industriales.

Ese polvo tóxico se dispersa por todas partes: se adhiere a los zapatos, al pelo de las mascotas, a la ropa tendida, a los columpios. Genera un ambiente persistente que nos somete a una exposición continuada a sustancias cancerígenas.

He visto las manos pequeñas de los niños, negras o marrones, con las uñas llenas de esa «tierra». He visto cómo se las llevaban a la boca. He visto a niñas y niños chuparse el pelo impregnado de polvo tóxico. He visto a niños enfermar. He visto a niños morir. He visto a niños huérfanos…. He visto…

Ante esta situación, sentía angustia, un nudo en el estómago, una impotencia que me hacía reflexionar sobre cuestiones éticas y el verdadero sentido de la ciencia. En aquel momento, tenía dos caminos: mirar hacia otro lado para salvar mi carrera científica, o ayudar a esos niños denunciando la situación.

Ante semejante dilema ético y moral, no dudé. Elegí denunciar, sabiendo a lo que me exponía. Y así fue.

La UPCT me desacreditó con el objetivo de ocultar una realidad conocida por todos: la población está expuesta a sustancias nocivas a diario. En sus comunicados, intentaron reducirlo todo a un simple individuo que «decía locuras». Pero no eran locuras. Quizá, gracias a ello, muchos niños de Cartagena saben hoy que en su cuerpo hay metales pesados, y que esos metales pueden estar detrás de muchos de los trastornos y enfermedades que padecen.

Por eso, esta sentencia reciente para mí no significa gran cosa. De hecho, me avergüenza que, ocho años después, se limite a repetir lo que ya se sabía.

Lo grave es lo que esta sentencia revela entre líneas: vivimos en un sistema que permite a políticos corruptos aprovecharse de la ignorancia general. Lejos de hacer cumplir la norma, consienten este crimen para no tener que desviar dinero a barrios humildes que apenas les reportan unos pocos votos. Lo grave es ver cómo las universidades ya no son centros de saber, sino entidades mercantilizadas que realizan investigaciones dirigidas solo a quienes les pagan.

Me dicen que no tengo muchas publicaciones. Claro. Hay dos opciones: o dedicas tu tiempo libre a escribir informes en castellano para que los entiendan los ilustres eruditos que deben aplicar la norma (y que a menudo no saben hacerlo por desconocimiento técnico), o sigues en el terreno, midiendo, denunciando y defendiendo a quienes más lo necesitan.

Mucha gente me pregunta si estoy contento. No lo estoy.

No lo estoy, porque esa resolución judicial no cambia la escena que me duele: la de un patio de colegio con pelotas, mochilas y polvo. La de una madre que me mira y pregunta: «¿Y ahora qué?».

Porque mientras discutíamos si yo pertenecía o no a un grupo de investigación, lo importante seguía pendiente: proteger a la infancia del plomo, del cadmio, del arsénico. Metales que no entienden de ideologías ni de titulares.

No cuento esto para que me miren a mí. Lo cuento para que miren a su alrededor y descubran dónde viven ustedes y sus hijos. Para recordar que la ley existe para prevenir enfermedades y que, cuando no se aplica, el daño tiene nombre y apellidos.

Como le dije en un informe a un ilustre: «Yo no tengo un problema. Lo tienen todos los que viven rodeados de este veneno, y usted, como autoridad judicial, es quien debe protegerles». Obviamente, no les protegió.

Por tanto, querida sociedad, disfruten de su irresponsabilidad al elegir a quienes les representan en la Región de Murcia, Ayuntamiento de La Unión y Cartagena. Y les apelo a que piensen: si ven alguna actuación en esos focos, que no les engañen. No es por la voluntad de estos gobiernos ineptos; ha tenido que ser el Gobierno Central el que venga a tratar de poner un poco de orden.

Ya les puedo garantizar que estos de Murcia, no miran por su salud, miran por sus bolsillos, por las buenas comidas, por crear fiestas para su uso y disfrute personal, para vivir del cuento porque en sus tristes vidas no tienen ni oficio ni beneficio.

Ah, y no se asusten si cuando enfermen no disponen de una sanidad pública a la altura o el diagnóstico llega tarde. Pregúntense qué parte de responsabilidad han tenido ustedes en ello con su decisión de voto.

Un saludo y gracias a todos los que me habéis acompañado en este camino y que me acompañáis.

Foto de portada del face de José Matías Peñas

Fuente: El TSJ ratifica que la UPCT vulneró el derecho al honor del investigador José Matías Peñas | La Verdad

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