Manuel Reboiras

El 20 de noviembre de 1975 fue un día de emociones encontradas. Franco había muerto. Sentí una mezcla de alegría y tristeza, una felicidad contenida por el final de la dictadura, pero empañada por las pérdidas personales y el dolor que el régimen había dejado a su paso. Aquel año, que debía ser el más prometedor de mi vida, se convirtió en el más amargo.

Tenía 24 años. Militaba, con mi hermano en el nacionalismo popular. Había terminado la carrera y el servicio militar, estaba enamorado y a punto de incorporarme a trabajar como ingeniero en Citroën. Todo parecía sonreírme.

En abril, al regresar de la mili, coincidí con mi hermano Moncho Reboiras en Madrid. Hacía tiempo que no nos veíamos. Hablamos de todo: de la familia, de política, de la salud del dictador y de su propia situación. Moncho vivía en la clandestinidad, perseguido por la policía franquista. Aquella sería la última vez que lo vería en vida.

La noche del 11 al 12 de agosto de 1975, Moncho, con solo 25 años y un brillante futuro por delante, fue asesinado con tres disparos por la espalda. Tres meses después, el dictador moría, pero lo hacía firmando condenas de muerte y reprimiendo con saña cualquier disidencia. El 27 de septiembre, cinco militantes antifranquistas —Humberto Baena, Sánchez Bravo (los dos vecinos de Vigo), García Sanz, Txiqui y Ángel Otaegui— eran ejecutados. Franco agonizaba, pero seguía matando.

Ese mismo día, yo era detenido por la Guardia Civil por hacer unas pintadas que decían “Abajo la dictadura” y “Policía asesina”. Las consecuencias fueron brutales: sufrí torturas, como tantos otros que osábamos alzar la voz. Nueve meses después, ya muerto el dictador, la Brigada Político-Social me volvió a detener en Vigo por “asociación ilícita”. Pasé cinco días de interrogatorios bajo la ley antiterrorista.

Un año antes, en marzo de 1974, el joven Salvador Puig Antich había sido ejecutado con garrote vil. Y aún antes, el 10 de marzo de 1972, los obreros de los astilleros de Ferrol, Amador y Daniel, eran asesinados por reclamar mejoras laborales. Esa era la “paz” franquista: la paz del miedo, del silencio y la represión. Fueron miles las víctimas que después del golpe de Estado de 1936 que defendían la legitimidad republicana y la libertad que fueron asesinadas o enterradas en cunetas anónimas.

Para mí, Franco y su régimen siempre serán sinónimo de terror y muerte. Celebré su final, pero mi alegría estaba teñida de dolor. Pensaba en mi hermano, en las víctimas, en todos los que sufrimos. Había demasiado por lo que llorar.

Hoy, medio siglo después, sigo defendiendo la necesidad de mantener viva la Memoria, la Verdad y la Justicia. Porque los crímenes del franquismo siguen en gran parte impunes y silenciados bajo el relato complaciente de la Transición, que no protegió a las víctimas, ni castigó a los verdugos.

Ojalá algún día se haga justicia. Que las víctimas sean reconocidas y que quienes sembraron el terror dejen de exhibir impunemente y con orgullo sus medallas y su ideología fascista.

Galicia, 20 Noviembre de 2025

Foto de la Fundación Moncho Reboiras Moncho Reboiras – Fundación Moncho Reboiras

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