
Mar Hurtado
Ante la paralización del Ayuntamiento de Cartagena de los proyectos de macroplantas solares en Calblanque, (ellos niegan este término, aunque el término correcto es el de una gran planta) la empresa realizó ayer una charla informativa, para intentar resolver las dudas. Y una multitud se concentró en la puerta, en abierta manifestación a la agresión que va a sufrir el entorno.
No convencieron en absoluto, porque, cuando abran la puerta de su casa en Las Barracas, Los Corralones, Atamaría o Cimarro, en lugar de ver campos infinitos, algunos cultivados y otros con una pradera de riqueza y biodiversidad, incluso con El Mar Menor al fondo, pues en lugar de eso, verán un mastodonte de cristales y acero de 4 metros de altura, casi como un edificio de 2 plantas, en el que debajo pretenden plantar árboles, están pensando en olivos, sin darse cuenta que no lava la imagen de lo que realmente es, una industria energética a los pies de un espacio protegido.
Esto no sólo afecta a las poblaciones de la zona, afecta a todas las personas que amamos el entorno natural de Calblanque, porque es un bien patrimonio de la humanidad, que aunque no tenga dicha categoría, es la que sentimos.
Si tienen que elegir entre un bloque de 4 metros de altura de espejos y acero o ver campos y El Mar Menor, lo tienen claro.
La empresa promotora ha intentado presentar su proyecto agrovoltaico como una iniciativa “modesta”, “sostenible” y “perfectamente integrada en el entorno”. Incluso afirmaron que su planta ocupa “solo 90 hectáreas” (es una gran planta) y que “ya no quedan nudos disponibles en la Región de Murcia”, como si eso garantizara que no habrá más instalaciones similares. Pero ese argumento se desmorona en cuanto se mira lo que está ocurriendo a pocos kilómetros: en El Algar, se están tramitando 160 hectáreas de fotovoltaica con un nodo propio, creado específicamente para ese proyecto. Es decir: no es que no queden nudos; es que cuando un proyecto es lo bastante grande, puede incluir su propio nudo de evacuación. Por tanto, la idea de que “esto se acaba aquí” simplemente no es cierta.
Mientras tanto, los vecinos de Las Barracas, Los Corralones, Atamaría o Cimarro no viven en informes técnicos ni en presentaciones corporativas. Viven en un paisaje real: campos abiertos, cultivos tradicionales, praderas llenas de biodiversidad y, como telón de fondo, el Parque Regional de Calblanque, uno de los espacios naturales más valiosos de la Región de Murcia. Ese paisaje no es un adorno: es identidad, memoria y calidad de vida.

Foto de 2022
Alegan que una de las parcelas sería esta, como de un terreno perdido, así era hasta que llegaron y la otra de agricultura intensiva, que hay que añadir que en la zona, sólo hay algunas parcelas de intensitvo.
De esta parcela presentaron una foto sin esta biodiversidad, y que un biólogo acude periódicamente, sin embargo, lo que el biólogo ve, es la destrucción, si había vida, nidos, aves, insectos, flora y fauna, lo que encuentra es este suelo compactado.

Así es como han dejado el suelo compactado y sin vida, foto de 8 diciembre 2025
Por eso cuesta aceptar que, justo a los pies de Calblanque, se pretenda levantar una estructura industrial de 4 metros de altura, equivalente a un edificio de 2 plantas, formada por una techumbre metálica continua que transformará por completo la vista del entorno. La empresa puede llamarlo “agrovoltaica”, pero lo que se verá desde las casas y los caminos será una instalación energética elevada, visible desde kilómetros, que sustituirá un paisaje vivo por un paisaje artificial.
La promotora insiste en que “la agricultura será la actividad principal” y que la energía será “secundaria”. Pero ¿Cómo puede ser secundaria una infraestructura que domina visualmente todo el terreno? ¿Desde cuándo un olivo plantado bajo una plataforma de acero de 4 metros representa la continuidad agrícola de la zona? Llamarlo “agrovoltaica” no cambia la esencia: es una planta industrial disfrazada de proyecto agrícola.
También aseguran que “no habrá más plantas” porque “no quedan nudos disponibles”. Pero la realidad es otra: si un proyecto quiere crecer lo suficiente, puede incluir su propio nudo, como pretenden en El Algar. Y si eso es posible allí, también lo sería aquí. Por tanto, el argumento de que “esto no irá a más” no es una garantía: es una estrategia para tranquilizar a quienes, con razón, temen la industrialización progresiva del territorio.
Mientras la empresa habla de “innovación”, “oportunidad” y “sostenibilidad”, los vecinos ven otra cosa: la transformación irreversible de un paisaje que hasta ahora había mantenido su carácter rural y natural. Ven cómo un horizonte abierto se convierte en un horizonte de acero y cristal. Ven cómo se coloca una infraestructura masiva justo en la antesala de Calblanque, alterando de forma permanente la imagen del entorno.
Porque este proyecto no es una mejora del territorio: es un cambio radical de su esencia. Y no se puede pedir a los vecinos que acepten sin más que su horizonte natural —con Calblanque como guardián del paisaje— sea sustituido por un mastodonte energético. No se puede llamar “sostenible” a lo que destruye la identidad visual de un lugar. No se puede hablar de “compatibilidad” cuando la instalación se impone sobre el paisaje en lugar de integrarse en él.
La empresa puede repetir que “solo son 90 hectáreas” o que “no habrá más plantas”. Pero los hechos dicen otra cosa: no es el campo lo que se protege, es el campo —y el entorno de Calblanque— lo que se sacrifica.
El próximo 24 de enero a las 12 de la mañana en la Plaza de España habrá una manifestación contra esta agresión y se pide que se acuda en apoyo a este espacio natural patrimonio de todas y todos.



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