Hoy como en tantos otros lugares de España, así como EEUU y México, en Cartagena la manifestación contra la caza recorre las calles desde Plaza de España hasta el Ayuntamiento.

Y en el que se leyó el siguiente manifiesto:

“”El Final de su Condena”

Durante meses, han corrido bajo el yugo del miedo. Han sido herramientas, no seres vivos; instrumentos de una tradición que mide la vida en piezas cobradas y la utilidad en velocidad de carrera.

Hoy no es un día cualquiera en el calendario. Hoy, 1 de febrero, mientras el invierno bosteza, una sentencia de muerte o de olvido cae sobre miles de seres vivos. Para el cazador, hoy termina una temporada; para los perros, hoy comienza el juicio final. Se les mide, se les pesa, se les examina y se les descarta. Si no fueron lo suficientemente rápidos, si su instinto flaqueó, o si simplemente el coste de mantenerlos supera su rendimiento, el veredicto es el descarte.

Hemos permitido, como sociedad, la creación de una frontera invisible y cruel. A un lado, el perro de hogar, protegido por leyes y caricias. Al otro lado, el perro “de caza”, el perro “herramienta”, el perro que la ley mira de reojo para no ver su sufrimiento.

¿Desde cuándo un latido tiene categorías? ¿Desde cuándo el dolor de un animal depende del código postal de su dueño o de la licencia que éste lleve en su bolsillo?.

Miradlos a los ojos. No veréis solo la elegancia que los poetas alaban; veréis una memoria genética de siglos de persecución. Veréis la anatomía del miedo grabada en sus cuerpos fibrosos. Son los hijos del viento, sí, pero de un viento que siempre les sopla de cara. Han sido convertidos en máquinas de correr hasta que sus patas se quiebran, y cuando el motor falla, la “tradición” dicta que la máquina debe ser desechada.

No nos conformamos con parches ni aceptamos leyes cobardes que se detienen ante los intereses de unos pocos. No toleramos leyes a medias que dejen atrás a quienes más protección necesitan.

Exigimos una ley sin exclusiones; una ley que reconozca, de una vez por todas, que el latido de un perro de caza es igual al de cualquier otro. Porque el miedo sabe igual, el dolor hiere igual y la libertad les pertenece por igual.

Estamos aquí para decir que la tradición no es un cheque en blanco para la barbarie. No hay cultura en la soga, no hay deporte en el abandono, no hay honor en el pozo. La verdadera civilización de un pueblo se mide en cómo trata a los más vulnerables, y hoy, los perros de caza, son el símbolo de nuestra mayor vergüenza como país.

Hoy nuestra voz llega más lejos. Se alza hacia las cumbres donde el Lobo Ibérico, guardián de nuestra memoria salvaje, sigue siendo perseguido y sentenciado por el odio y el mito. No hay equilibrio en el exterminio del depredador; hay arrogancia.

Nuestra voz también baja a los valles, donde el jabalí ha sido convertido en el nuevo enemigo público. Masacrados bajo el pretexto del control poblacional o sanitario, son víctimas de una gestión basada en la sangre y no en la ciencia, perseguidos con saña en una guerra que ellos no empezaron.

Nuestra voz no olvida al ciervo abatido en la espesura, a la perdiz que cae del cielo y el tordo que nunca completó su vuelo. Miles de vidas que cada año yacen víctimas de una barbarie disfrazada de tradición.

Si la historia ha de juzgarnos, que sea por la valentía de escuchar lo que otros callan. Un año más, nos convertimos en el eco de esas voces invisibles; porque no somos solo una Manifestación, somos la vida reclamando su dignidad frente a un legado de violencia.

Devolvedles el monte, devolvedles el viento, devolvedles la vida. Que el silencio del campo sea por fin su paz, y no su tumba.

No descansaremos hasta que el 1 de febrero sea solo el recordatorio de una oscuridad que logramos vencer y compañeras, compañeros, no os quepa duda: la venceremos.

NO A LA CAZA”

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