
Mar Hurtado
La comarca de Fuente Álamo vive un momento decisivo. En un radio de apenas 7–8 kilómetros, tres macroplantas de biogás y biometano —ubicadas en Las Palas, Campillo de Abajo y Los Almagros— avanzan en su tramitación o construcción. Lo que para las empresas y el Ayuntamiento representa una oportunidad económica y un impulso a la transición energética, para los vecinos supone una amenaza directa a su calidad de vida y al equilibrio del territorio.
La preocupación quedó patente en la reunión celebrada en Cuevas de Reyllo, organizada por la plataforma Stop Biogás Fuente Álamo, que reunió a decenas de residentes de las pedanías afectadas. El mensaje fue claro: tres instalaciones de este tamaño, tan próximas entre sí y a núcleos habitados, son incompatibles con un desarrollo sostenible y equilibrado.
Durante la reunión celebrada ayer en Cuevas de Reyllo, los asistentes insistieron en que su postura no es “contra el ganadero, ni contra el agricultor, ni contra el biogás”, sino contra el tamaño, la ubicación y el impacto real de las tres macroplantas proyectadas. “Aquí lo que se está debatiendo es si esto es sano para la gente que vive en Fuente Álamo”, explicó uno de los portavoces.
Los vecinos recordaron que el mensaje institucional se centra en que estas plantas son “sostenibles y renovables”, pero que esa narrativa oculta aspectos esenciales. Según expusieron, las memorias técnicas revelan que las tres instalaciones suman casi 2,5 millones de toneladas de residuos al año, una cifra incompatible con el modelo europeo de plantas pequeñas para autoconsumo.
“El biogás existe en Europa desde hace más de 20 años, pero en plantas pequeñas. Aquí nos quieren poner tres macroplantas industriales en un radio de ocho kilómetros.”
También denunciaron el tráfico masivo de camiones que implicaría mover tal volumen de residuos. “Si divides dos millones de toneladas entre lo que lleva un camión, salen entre 50.000 y 55.000 camiones al año. Eso no lo cuentan cuando dicen que eliminan el CO₂ de 3.000 tractores”.
Otro de los puntos que generó más preocupación fue el de las emisiones:
“Estas plantas generan CO₂, ácido sulfhídrico, partículas volátiles que no se ven y micropartículas PM10 y PM2.5. Cuanto más pequeñas, más peligrosas, porque pasan a los pulmones e incluso al torrente sanguíneo.”
Los asistentes también explicaron que el residuo no desaparece: se transforma en biogás y en digestato líquido y sólido, que debe almacenarse y gestionarse con controles estrictos. En una zona vulnerable por nitratos, como la cuenca vertiente del Mar Menor, esto añade un riesgo adicional.
“Ese digestato lleva nitrógeno, sales y hasta trazas de metales pesados. ¿Dónde lo van a echar si aquí no se puede? Pues lo sacarán fuera… más camiones.”
La falta de transparencia y la ausencia de consultas previas también fueron criticadas:
“La ley obliga a informar antes, no cuando ya están construyendo. Hay un principio de precaución: si hay dudas razonables, hay que ir con cautela. Pero aquí van con prisas porque quieren terminar cuanto antes.”
Finalmente, los vecinos expresaron su sensación de abandono institucional:
“Esto no es un modelo pensado para la gente, es un modelo pensado para el negocio. Las empresas están en su derecho de ganar dinero, pero nosotros también estamos en nuestro derecho de exigir que nos escuchen.”

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Un territorio que siente que no ha sido escuchado
La sensación dominante en las pedanías es que las decisiones se han tomado sin participación pública, sin información clara y sin valorar la carga ambiental acumulada.
Los vecinos no cuestionan la transición energética ni la necesidad de gestionar los residuos ganaderos. Lo que cuestionan es:
- la escala,
- la concentración,
- la proximidad a viviendas,
- la falta de transparencia,
- y la ausencia de planificación territorial.
Un triángulo industrial en mitad de zonas habitadas
Las tres plantas forman un triángulo de distancias muy cortas:
- Las Palas ↔ Campillo de Abajo: ~7 km
- Campillo de Abajo ↔ Los Almagros: ~6 km
- Las Palas ↔ Los Almagros: ~10–11 km
Dentro de ese perímetro quedan Las Palas, Campillo de Abajo, Los Almagros, Cuevas de Reyllo, Los Cánovas, Los Paganes, Los Vivancos y parte de Balsapintada, además del propio núcleo de Fuente Álamo, afectado por el tráfico y las emisiones difusas. El punto rojo y directo principal del alcance de estas plantas, aunque las emisiones por aire no se limitan a este punto, llegará a muchas localidades, quién sabe el radio de afectación, hablan de 40 km cuadrados… quien sabe si te bañarás en la playa oliendo a mierda.. ¿turismo? ¿valoración de las propiedades?, mucho en juego que no se ha pensado.

Mapa con las localizaciones de las plantas:
MAPA DE LAS 3 MACROPLANTAS BIOMETANO-BIOGAS EN FUENTE ÁLAMO
Fondos europeos y prisas: la otra cara de la transición energética
Buena parte de la urgencia en la construcción de estas plantas proviene de los fondos europeos destinados a proyectos de economía circular. Estos fondos tienen plazos estrictos y exigen que las instalaciones estén operativas en fechas concretas.
Las empresas promotoras necesitan justificar la inversión. El Ayuntamiento ve una oportunidad de ingresos a través de:
- licencias de obra,
- tasas ambientales,
- IBI industrial,
- y actividad económica asociada.
Para los vecinos, esta ecuación tiene un resultado evidente:
“La prisa por construir responde más a la rentabilidad que a la sostenibilidad.”
Plantas gigantes en un modelo que Europa concibió pequeño.
La Unión Europea promueve un modelo de biogás descentralizado, basado en plantas pequeñas que traten residuos locales y reduzcan el transporte. Sin embargo, las tres instalaciones proyectadas en Fuente Álamo pertenecen claramente a la categoría de plantas grandes o macroplantas.
Su escala industrial, la necesidad de decenas de camiones diarios, la inversión millonaria y la tecnología de upgrading a biometano las sitúan muy lejos del modelo rural y de proximidad que defiende Bruselas. Para los vecinos, esta contradicción explica por qué tres instalaciones de gran tamaño se concentran en un radio tan reducido.

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Sustancias que puede liberar una planta de biogás y sus posibles efectos en la salud.
Aunque una planta de biogás bien gestionada no debería emitir grandes cantidades de contaminantes, incluso en condiciones normales existen emisiones difusas, y en caso de fallos pueden liberarse más. Entre las sustancias más habituales se encuentran el metano (CH₄), que puede escapar por fugas o fallos en la antorcha; el amoníaco (NH₃), procedente de purines y estiércoles; el ácido sulfhídrico (H₂S), característico por su olor a “huevo podrido”; los compuestos orgánicos volátiles (COVs), asociados a la descomposición de materia orgánica; y los óxidos de nitrógeno (NOx), generados por motores auxiliares y maquinaria. A esto se suma el polvo y las partículas derivadas del tráfico de camiones que transportan residuos y digestato.
Aunque las plantas no generan directamente partículas ultrafinas, el tráfico asociado —decenas de camiones diarios— sí produce PM10, PM2.5 e incluso partículas PM1, capaces de penetrar profundamente en los pulmones. La OMS y la IARC consideran que la exposición prolongada a partículas ultrafinas está asociada a un aumento del riesgo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares. En un municipio donde tres macroplantas se concentran en apenas ocho kilómetros, la preocupación vecinal se centra en la exposición acumulada a estos contaminantes.
Los efectos sobre la salud documentados en estudios ambientales incluyen cefaleas, náuseas, irritación ocular y respiratoria, tos, estrés, alteración del sueño y malestar general. El amoníaco puede causar irritación de ojos y garganta, y el ácido sulfhídrico, incluso a niveles bajos, provoca mareos, fatiga y dolor de cabeza. Aunque el metano no es tóxico, sí desplaza oxígeno en espacios cerrados y supone un riesgo industrial. Además, el tráfico intenso genera polvo, ruido y un deterioro de la calidad del aire. A todo ello se suma el impacto psicológico: vivir cerca de instalaciones que generan olores, ruido y tráfico constante está asociado a estrés crónico, sensación de pérdida de control y deterioro del bienestar emocional.
Un debate que apenas empieza
Las macroplantas de biometano representan un negocio, pero también un desafío social y ambiental. La transición energética no puede construirse sin diálogo, sin transparencia y sin un equilibrio real entre beneficios y cargas.
En Fuente Álamo, ese equilibrio está hoy en cuestión. Y la ciudadanía lo está exigiendo.
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