Mar Hurtado

La UNED de Cartagena acoge Color y Memoria, una exposición que reúne 29 retratos al óleo de mujeres y hombres represaliados por la dictadura franquista. Son rostros que regresan al espacio público tras décadas de silencio impuesto. El proyecto, con dos pintores el que tuvo la idea , Alfonso Martínez, que hizo 20 retratos y posteriormente se incorporó Pepe Rosique con 9 retratos. realizado por el artista José Rosique Belmonte, nace del trabajo de investigación de Vicente Juan Medrano Salamanca y de la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia.

Los retratos corresponden a: Alfonso Sánchez Herrera, Antón Jara Sánchez, Antonio Jover Riquelme, Antonio Molina Vaquero, Ascensión Cánovas Montesinos, Baldomera del Olmo Cuadrado, Benito Sacaluga Rodríguez, Enrique Marco Muñoz, Enrique Piñana Segado, Ernesto Ruíz Luján, Ignacia Petra González Alonso, Joaquín López Egea, José Luis Sánchez-Bravo Solla, José San Nicolás Expósito, Josefa Lajara Navarro, Josefina Cánovas Montesinos, Juan Balanza Martínez, Juan Fermín González Pérez, Luis Silvestre Taroncher, Marcelino Solana Crevillén, María Conesa Espín, María Rocamora Boj, Pero Reverte Flores, Pilar Zapata Cánovas, Ramón Giménez Samper, Rufino Garrido Valverde, Salvador Guirao Fernández, Telesforo Rojo Sánchez y Tomás Rubio Martínez.

Cada uno de ellos representa una vida truncada por la represión: fusilamientos, torturas, cárcel, exilio, trabajos forzados, violencia sexual, bebés arrebatados, familias enteras perseguidas por pensar diferente. La exposición no solo muestra sus rostros: los devuelve al lugar del que nunca debieron ser borrados.

Durante la jornada celebrada ayer, organizada por Memoria Histórica de Cartagena, se generó un espacio de memoria oral imprescindible. Una nieta que acudió a la exposición en Murcia comentó que dos retratos que se creían de hermanas eran, en realidad, de la misma mujer: la sonrisa luminosa de la República y el rostro endurecido tras la represión. Ese antes y después resume la fractura de un país: derechos conquistados, derechos arrebatados.

El “gen rojo”: la raíz ideológica del robo de bebés

Uno de los elementos más estremecedores: la teoría del “gen rojo”, una idea filonazi impulsada por el psiquiatra franquista Antonio Vallejo‑Nájera, que sostenía que las mujeres republicanas transmitían un supuesto “gen degenerado” a sus hijos. La conclusión de esa pseudociencia era clara: para “salvar” a esos niños había que separarlos de sus madres.

Primero se aplicó a mujeres republicanas encarceladas. Después, cuando “no había suficientes”, el sistema se extendió a mujeres vulnerables: solteras, pobres, sin apoyo familiar.

Ese mecanismo no habría sido posible sin la participación de congregaciones religiosas que gestionaban centros donde se producían estas separaciones, especialmente:

  • Adoratrices
  • Oblatas

Ambas aparecen en los testimonios como instituciones que facilitaron la entrega irregular de bebés, la ocultación de identidades y la ruptura de vínculos familiares.

La poliomielitis: otra herida del silencio

También intervino una persona como consecuencia menos conocida pero igual de devastadora del franquismo: la epidemia de poliomielitis. A pesar de que la vacuna ya existía, el régimen censuró la información, retrasó su aplicación y permitió que solo los hijos e hijas de familias afines al régimen fueran vacunados.

El resultado fue una generación de niños y niñas —entre ellos familiares de personas presentes en la jornada— que quedaron con secuelas permanentes. La ley de memoria democrática reconoce hoy a las víctimas de la polio como víctimas del franquismo, porque la enfermedad no fue un accidente epidemiológico, sino una consecuencia directa de la censura, la desigualdad y la negligencia política.

Voces que aún duelen

Uno de los testimonios más conmovedores fue el de Victoria, hermana de José Luis Sánchez‑Bravo Solla, uno de los cinco últimos fusilados del franquismo en 1975. Relató la tortura, la injusticia, la lucha incansable por la nulidad de la sentencia y el dolor de una vida marcada por la persecución. “Esto fue un genocidio”, afirmó, recordando que la represión no terminó con la guerra, sino que se extendió durante décadas.

En ese mismo hilo de memoria apareció otro nombre que sigue marcando la historia reciente: Billy el Niño, agente de la Brigada Político‑Social, responsable de torturas sistemáticas durante la dictadura. Murió con una doble pensión por “méritos policiales”, y solo después de fallecido se le retiraron las medallas. Su figura reapareció en la jornada porque fue uno de los torturadores del hermano de Victoria, un recordatorio de cómo la impunidad atravesó la dictadura y la democracia.

También se compartió el testimonio estremecedor de un pueblo del norte donde, tras la guerra, 267 personas fueron asesinadas en apenas tres meses. Familias enteras quedaron marcadas para siempre. Esa violencia no fue excepcional: se repitió en múltiples localidades del país.

Y se habló del caso de Abanilla, donde, tras el golpe y la victoria franquista, se detuvo a cerca de 50 personas por la muerte de tres derechistas cometida en los primeros días del caos bélico. El fiscal pidió 44 penas de muerte. Finalmente, 22 personas fueron ejecutadas, entre ellas una mujer y su marido, por ser alcalde de la localidad. Ese episodio resume la lógica represiva del régimen: venganza, castigo colectivo y justicia de vencedores.

Arte como reparación

La exposición, que ya pasó por el Palacio de las Balsas en Murcia el pasado 14 de abril, en el día de la República, se convierte en un espacio de encuentro intergeneracional. Un lugar donde estudiantes, familiares y ciudadanía pueden mirar a los ojos a quienes fueron silenciados. Un lugar donde el arte se convierte en herramienta política, pedagógica y reparadora.

Porque la memoria no es un ejercicio del pasado: es una responsabilidad del presente. Y estos 29 retratos, colgados en las paredes de la UNED, son un recordatorio de que la dignidad no prescribe.

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