Martín Stutz

El incendio de Los Garres no solo ha quemado vegetación. También ha vuelto a iluminar una realidad incómoda que los dirigentes de esta región llevan demasiado tiempo intentando ignorar: la prevención no ha sido una prioridad política.

La paradoja de Murcia es que los gobernantes elogian públicamente a los bomberos forestales cuando las llamas avanzan, pero esos mismos profesionales llevan años denunciando precariedad, falta de reconocimiento y condiciones laborales que consideran impropias de un servicio estratégico. Los aplausos institucionales son abundantes; las soluciones, según los propios trabajadores, mucho menos.

La alcaldesa de Murcia Rebeca Pérez y el presidente regional Fernando López Miras no pueden refugiarse una vez más detrás de los comunicados institucionales, las fotografías junto a los equipos de emergencia o las declaraciones de preocupación. Los ciudadanos tienen derecho a exigir algo más que palabras cuando cada verano observan cómo se acumulan la maleza, el abandono y el riesgo en numerosos puntos del municipio y de la Región de Murcia.

La pregunta es sencilla: ¿Dónde estaba la prevención cuando todavía había tiempo para prevenir?.

Porque gobernar no consiste en aparecer cuando las llamas ya son visibles.

Gobernar consiste en anticiparse a los problemas. Consiste en identificar riesgos, actuar sobre ellos y evitar que se conviertan en emergencias. Y cuando los incendios vuelven a repetirse año tras año, resulta inevitable preguntarse si quienes ocupan los máximos puestos de responsabilidad están prestando a esta cuestión la atención que merece.

Murcia no descubre ahora que vive en una zona especialmente vulnerable al calor extremo, la sequía y los incendios. Fernando López Miras lleva años al frente del Gobierno regional. Rebeca Pérez ocupa la máxima responsabilidad municipal. Ambos conocen perfectamente los riesgos que afronta el territorio que administran. Precisamente por eso resulta legítimo exigirles explicaciones sobre los resultados obtenidos.

Los vecinos llevan años denunciando parcelas abandonadas, acumulaciones de vegetación seca y falta de mantenimiento en distintos puntos del municipio. No son advertencias nuevas. No son problemas desconocidos. Son reclamaciones reiteradas que forman parte del paisaje habitual de la administración local y regional.

Sin embargo, cada verano parece repetirse la misma secuencia: advertencias ignoradas, riesgo acumulado, incendio, declaraciones institucionales y promesas de mejora. Después llega el otoño, desaparecen los titulares y todo vuelve a empezar.

La política no puede limitarse a gestionar las consecuencias de los problemas.

Su obligación es reducir las causas. Y cuando los ciudadanos perciben que el territorio permanece expuesto a riesgos conocidos mientras las administraciones dedican más energía a la comunicación que a la prevención, la confianza pública se deteriora inevitablemente.

Los bomberos, brigadistas y efectivos de emergencia vuelven a demostrar una profesionalidad admirable. Como siempre. Pero resulta profundamente injusto que sean ellos quienes tengan que compensar con esfuerzo y riesgo personal aquello que debería haberse abordado mucho antes mediante una estrategia preventiva seria, constante y eficaz.

Rebeca Pérez y Fernando López Miras tienen derecho a defender su gestión. Lo que no pueden pretender es quedar al margen del debate sobre sus resultados.

Gobernar implica asumir responsabilidades políticas cuando las cosas salen bien, pero también cuando los ciudadanos perciben que los problemas se repiten sin que lleguen soluciones suficientes.

Los Garres merece respuestas. Murcia merece respuestas. Y sobre todo merece gobernantes capaces de demostrar que la prevención pesa más que la propaganda y que la gestión pesa más que la fotografía.

Porque cuando un problema se repite una y otra vez, la cuestión ya no es qué ha fallado. El problema de Murcia puede no ser la falta de planes, sino la distancia entre los planes y la realidad. Mientras las administraciones anuncian dispositivos reforzados y presupuestos crecientes, los vecinos siguen encontrando parcelas abandonadas, vegetación seca acumulada y espacios que parecen esperar la llegada de la próxima ola de calor. Si los recursos existen, la pregunta deja de ser cuánto se gasta y pasa a ser dónde están los resultados.

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