
Mar Hurtado
El río Chícamo siempre sorprende. En mitad de un paisaje duro, de lomas ocres y espartizales castigados por el sol, aparece un corredor verde que parece imposible. Esta mañana hemos recorrido uno de sus tramos más singulares: el camino que parte del Molino de Macisvenda y avanza unos cinco kilómetros siguiendo el curso del agua. Una ruta sencilla, hermosa y llena de contrastes.
Hemos dejado el coche, arriba, en un espacio preparado para ello.
Lo primero es un cruce, a la izquierda vas al nacimiento del Río Chicamo y a la derecha la ruta del molino, hemos optado por la segundo.
El molino y la memoria del agua
El punto de partida es el antiguo molino, una construcción que recuerda la importancia que tuvo este hilo de agua para la vida en Macisvenda. Aunque ya no mueve muelas ni alimenta huertas, el sonido del río junto a sus muros mantiene viva la memoria de quienes dependieron de él para moler, regar y sostener la economía local.

Molino Macisvenda
Un corredor verde en mitad del secano
El sendero avanza pegado al cauce, que aquí serpentea entre cañaverales, tarays y pequeñas pozas donde el agua se remansa. A un lado, el verdor inesperado; al otro, las laderas áridas que recuerdan que estamos en una de las zonas más secas de Europa. Libélulas, aves pequeñas y huellas de fauna se asoman entre la vegetación, aprovechando este refugio biológico que el río mantiene a pesar de todo.
La belleza… y la herida invisible
Pero este oasis también arrastra una amenaza silenciosa. El tramo del Chícamo que recorre el Molino de Macisvenda está afectado por contaminación por nitratos, procedentes del exceso de fertilizantes agrícolas que se filtran al acuífero. Los análisis realizados en los últimos años han detectado valores por encima de lo que debería tener un ecosistema de estas características, y en algunos puntos se han superado incluso los límites legales.
La paradoja es dura: un paisaje que parece intacto, pero cuyo equilibrio químico está alterado. Un río que sostiene vida, pero que también carga con lo que el territorio no puede absorber.
Un paisaje modelado por el tiempo
El camino es casi llano y permite disfrutar del entorno sin prisas. Las paredes arcillosas, los meandros estrechos y los pequeños badlands muestran cómo el agua ha ido esculpiendo este valle durante siglos. Es un territorio que combina la dureza del clima con la delicadeza de un ecosistema que se mantiene gracias a un equilibrio muy fino… y cada vez más frágil.
Un lugar que merece ser cuidado
Los cinco kilómetros que separan el molino del final del sendero son una lección de geografía, de historia y de resiliencia. El Chícamo no es un río caudaloso ni espectacular, pero sí es un símbolo de resistencia: un hilo de agua que sostiene vida, memoria y paisaje en un entorno que empuja hacia la aridez.
Protegerlo no es solo una cuestión ambiental. Es también cultural. Perder este oasis sería borrar una parte esencial del patrimonio natural y humano de la comarca.

Fuentes:


Deja un comentario