
Victoria Sánchez-Bravo
Espinardo ha vuelto a recordar ayer 27 de septiembre a los cinco últimos fusilados de la dictadura franquista, coincidiendo con el 51º aniversario de las ejecuciones de José Luis Sánchez-Bravo, Ramón García Sanz, José Humberto Baena, Ángel Otaegui y Juan Paredes Manot, conocido como Txiki.
El homenaje se celebró a las 12.00 horas en el Cementerio Municipal de Nuestro Padre Jesús de Espinardo, donde descansan los restos de Sánchez-Bravo. El acto reunió a familiares, organizaciones memorialistas y representantes de distintos colectivos que mantienen cada año la conmemoración de aquella jornada de septiembre de 1975.
Durante el homenaje tomó la palabra la hermana de José Luis Sánchez-Bravo, que recordó la figura de su hermano, sus últimos momentos y las consecuencias que su ejecución tuvo para su familia durante décadas. Su intervención estuvo marcada por el recuerdo personal, pero también por un llamamiento a mantener viva la memoria de los cinco jóvenes y a preservar aquello que, medio siglo después, continúa uniendo a quienes participan en este homenaje.
Estas fueron sus palabras:
“Buenos días.
Antes de nada, quiero dar las gracias a todos los que hoy estáis aquí. A quienes habéis venido un año más, a quienes lleváis tantos años manteniendo viva esta memoria y también a quienes hoy no han podido acompañarnos físicamente, pero sé que están aquí de alguna manera, con el recuerdo y con el corazón.
Han pasado ya 51 años desde aquel 27 de septiembre de 1975. Cincuenta y un años son toda una vida y, sin embargo, hay recuerdos para los que parece que el tiempo no pasa.
Yo era entonces una mujer muy joven y mi hermano José Luis tenía solamente 21 años. Después de toda una vida sigue siendo difícil explicar lo que significa saber que van a quitarle la vida a tu hermano y vivir aquellas últimas horas sabiendo que ya no habrá un mañana con él.
A aquel dolor se fueron sumando después los silencios, las preguntas, el señalamiento y una reparación que tardó casi medio siglo en llegar. Hoy nuestra familia cuenta con una Declaración de Reconocimiento y Reparación Personal que reconoce oficialmente la ilegitimidad y nulidad de aquella condena. Es algo muy importante para nosotros, pero ningún documento puede devolver el tiempo. No puede devolver un hijo a una madre, un hermano a sus hermanos ni darle a una hija el abrazo de un padre al que nunca llegó a conocer.
Hay una imagen de aquellas últimas horas que siempre vuelve a mí. Aquella última noche, antes de que fueran fusilados, José Luis, Humberto y Ramón estaban cada uno en una celda. Aunque estaban separados, se acompañaron cantando canciones gallegas, recordando su tierra, a sus familias y toda la vida que estaban a punto de arrebatarles.
Siempre me ha impresionado pensar en ellos así: tres jóvenes separados físicamente, pero buscando en sus voces una forma de permanecer juntos.
Y hoy, 51 años después, creo que esa imagen sigue teniendo mucho que enseñarnos.
Quienes defendemos la memoria, la justicia, la libertad y la lucha antifascista podemos tener diferencias, podemos discutir e incluso equivocarnos. Pero nunca deberíamos olvidar aquello que nos une.
La división nos hace más débiles. La unidad nos hace más fuertes.
Y precisamente quienes quisieran que esta memoria desapareciera serían los primeros beneficiados si quienes la defendemos termináramos separados por nuestras diferencias.
Hoy nosotros estamos aquí, en Murcia, junto al lugar donde descansa mi hermano. Pero sé que en otros cementerios, en otros pueblos, en otras ciudades y en lugares cargados también de memoria hay personas reunidas pronunciando los mismos nombres y recordando aquella misma fecha.
Quiero enviarles desde aquí mi cariño y mi agradecimiento.
Porque podemos estar en lugares distintos y, sin embargo, estar haciendo exactamente lo mismo: recordar, dignificar y mantener viva una memoria que pertenece a todos.
José Luis no pertenece a un lugar ni a unas siglas. Humberto, Ramón, Txiki y Otaegui tampoco. Su memoria pertenece a todos aquellos que, después de tantos años, siguen negándose a olvidar.
Mi hermano, incluso en aquellas últimas horas, seguía pensando en quienes amaba. Pensaba en nuestra madre, en sus hermanos, algunos todavía muy pequeños, y en su hija, que estaba por nacer y a la que nunca podría conocer ni abrazar.
A mí me dejó unas palabras que jamás he olvidado: «Confío en ti. Tú y yo somos de una materia especial. Eres fuerte y sé que cuidarás de nuestra madre siempre».
Y cumplí aquella promesa. Vaya si la cumplí.
También me dejó otro encargo: que algún día le contara a su hija quién había sido su padre y por qué había luchado. No pude cumplirlo como él me lo pidió. Hubo demasiados silencios, demasiadas heridas y demasiadas cosas de las que durante muchos años apenas se podía hablar. Pero nunca olvidé aquella petición.
Porque aquello no terminó el 27 de septiembre de 1975. Continuó en una madre que perdió a su hijo, en unos hermanos que tuvieron que aprender a vivir sin él, en una hija que nunca pudo conocer a su padre y en una familia que tuvo que seguir adelante cargando con aquella ausencia.
Por eso hoy quiero recordar a José Luis no solamente por la forma terrible en que terminó su vida.
Quiero recordar quién era.
Su nobleza, su generosidad, su compromiso con la justicia social, su preocupación por los más débiles, el amor por su familia y por su tierra. Quiero recordar al muchacho de 21 años que, incluso en su última noche, encontró fuerzas para cantar junto a sus compañeros.
Y quiero recordar hoy a los cinco: José Luis, Humberto, Ramón, Txiki y Otaegui.
Antes que cinco nombres unidos para siempre a una fecha de nuestra historia, fueron jóvenes, fueron hijos, hermanos, padres, amigos. Tenían personas a las que querían, sueños y toda una vida por delante.
Por eso tenemos una responsabilidad muy sencilla y al mismo tiempo enorme: no olvidar.
Y hoy quiero añadir otra: permanecer unidos en aquello que verdaderamente importa.
Podemos conmemorar desde lugares diferentes. Podemos pertenecer a asociaciones distintas, tener formas distintas de entender las cosas o haber recorrido caminos diferentes. Pero cuando nos reúne la defensa de la memoria y el rechazo al fascismo, tenemos mucho más que nos une que aquello que pueda separarnos.
Aquella última noche separaron a José Luis, Humberto y Ramón en distintas celdas. Ellos encontraron la forma de seguir juntos cantando.
Quizá no haya mejor enseñanza que esa.
Que nadie consiga separarnos en la defensa de aquello por lo que tantos lucharon.
Hoy, junto al lugar donde descansa mi hermano, quiero daros las gracias de corazón a todos los que estáis aquí. Y también a quienes hubieran querido estar y no han podido, y a todas las personas que hoy, desde otros lugares, están manteniendo viva esta misma memoria.
Mientras sigamos reuniéndonos cada 27 de septiembre, mientras sus nombres continúen pronunciándose y mientras su historia pase de una generación a otra, el silencio no volverá a ocupar el lugar de la memoria.
Y mientras seamos capaces de permanecer unidos en lo fundamental, esa memoria será mucho más difícil de borrar.
Por José Luis. Por Humberto. Por Ramón. Por Txiki. Por Otaegui.
Por la memoria. Por la libertad. Y por la unidad de quienes seguimos defendiendo, frente al fascismo, aquello por lo que ellos lucharon.
Muchas gracias.”



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